Cajón desastre

Cinco escenas de Night in the Woods

En la reseña que escribí sobre Night in the Woods comenté que un aspecto que me gustaba mucho del juego eran aquellos momentos muy especiales que nacían de lo cotidiano. A partir de ellos y de todo lo que me han transmitido, he querido hacer un pequeño ejercicio, que consiste en seleccionar cinco de esas estampas y narrarlas, a modo de pequeños relatos, para construir con ellas un retrato de Mae y de la experiencia que tuve jugando. La mayoría son escenas tiernas, y esperanzadoras. Sin embargo, una de ellas se corresponde con uno de los momentos más duros que vi en el juego. Indicaré avisos de contenido para esa escena en cuestión.

Se recomienda haber jugado al juego antes de leerlas, tanto por tener contexto adicional como por evitar destripar vuestra experiencia.

Comida para ratas

Por una vez, la mano de Mae tiembla cuando intenta llevarse a escondidas un pretzel del puesto. Echarse objetos al bolsillo en las tiendas le resulta casi tan natural como respirar, como se ha encargado de enseñarle a una estupefacta Bea en su visita al centro comercial.

¿Acaso ha cambiado algo?

Quizá esté relacionado con que Mae solo es capaz de pensar en los ojillos asustados y hambrientos de las ratas. Sabe que esta vez no tiene una segunda oportunidad. Que una disculpa apresurada puede que le libre de represalias, pero no le va a procurar el alimento que esas criaturas necesitan. Así que esto es lo que se siente cuando alguien espera algo de ti. Podría acostumbrarse a la sensación. Por mucho que la responsabilidad tenga forma de la mirada inquisitiva de una dependienta que no parece apartar los ojos de ella.

De nombres ficticios y saludos secretos

Se acostumbró a dar nombres falsos cuando salía de fiesta en la universidad. No tanto porque no se fiara de la gente como porque en momentos así es divertido ser tener otra identidad. Hay algo emocionante en inventarse una vida para esa persona a la que acabas de conocer y a la que no puedes parar de mirar. El deseo de impresionarla se suma al de escapar de lo que eres. Es liberador.

Si bien el nombre casi siempre iba en pack completo con una vida ficticia, esta vez algo en los ritmos hipnóticos y en la presencia arrebatadora de la chica a la que acababa de conocer le hizo bajar la guardia, y su relato fue acompañado de una sinceridad que pocas veces compartía, incluso con su familia y amistades más cercanas. Su desconocida le recompensó con una sonrisa igual de sincera, o al menos eso le pareció a Mae, y le susurró al oído que le tendiera la mano. El pelaje de Mae se erizó cuando los dedos se entrelazaron y sintió cómo dibujaba en su palma algo que ahora solo ellas conocían. Repitió el patrón en la mano de la chica, y así el pacto estaba sellado.

Nunca se había arrepentido tanto de haber dado un nombre falso en una discoteca, pensaba Mae con tristeza cada vez que rememoraba uno de los momentos más especiales que había vivido con alguien a quien nunca volvería a ver.

Adrenalina

Si hay algo de lo que Mae tenía claro que no se iba a cansar nunca era del subidón de adrenalina recorriendo su cuerpo. Ya lo provocara ver una película de terror, coronar la cima de cualquier edificio, colgarse de un puente para contemplar las vistas o destrozar a golpes lo que fuera; no había nada más liberador. Sabía que no era algo que pudiera compartir con mucha gente, y atesoraba cada conexión improbable que pudiera surgir así.

Su amigo Gregg se había convertido en un experto en leer cuándo podía necesitarlo, y no era raro que le regalara esas experiencias. Pero había algo novedoso e intrigante en encontrar a alguien nuevo con quien compartir este tipo de momentos. Por eso, y por un momento, sintió que ese adolescente que también frecuentaba los tejados era su alma gemela. Esta sensación se acrecentó cuando ambos recorrían las vías del tren, y se dio cuenta de que había dado con alguien aún más temerario que ella.

El torrente de adrenalina habitual esta vez iba acompañado de una punzada de inquietud no tan familiar. Quizá madurar sea preguntarte si deberías levantarte e ir a casa, pensó Mae a medida que los trenes pasaban a escasos centímetros de sus cuerpos.

Lo que no se dice

CW: suicidio (implícito)

A veces lo que no decimos es más elocuente que nuestras palabras. Cada vez que su madre ha torcido el gesto ante sus respuestas evasivas ha hecho a Mae muy consciente de esto.

Pero ninguna de esas reacciones le han preparado para el momento en el que al fin le toca vivirlo en sus carnes. Al principio no se da cuenta. La pastora de la iglesia ha aprendido a ser sutil, y los caminos de sus palabras son, en apariencia, inescrutables. Aun así, un destello de intranquilidad y desasosiego permea en su respuesta cuando Mae le transmite el mensaje que le dio Bruce.

No es hasta la noche, cuando Mae se dispone a seguir avanzando con el Demon Tower, cuando todo cae por su propio peso. No hay razón para que Mae deduzca ahora lo que ha podido pasarle realmente a Bruce, pero es el momento en el que la reacción de la pastora cobra sentido por fin en su cabeza. Y, aunque tarde, el sentimiento se aferra con fuerza a ella. Antes de que se quiera dar cuenta, le caen lágrimas ardientes por las mejillas, y es como si un puño gigante atenazara su pecho. Luego llega la ira.

Mae entiende y acepta la tristeza y el vacío, porque son lugares comunes, pero sigue sin encontrarle explicación a por qué ahora mismo solo desea coger un bate de béisbol y destrozar todo lo que encuentre a su paso. Por qué esa es la emoción más poderosa que siente ahora mismo. Por qué no es capaz de procesar lo malo como el resto del mundo.

Entre lágrimas y temblando de rabia, intenta repasar mentalmente los libros que tanto le gustaban (la voz de su madre haciendo ver cuánto leía en el pasado interrumpe por un segundo su hilo de pensamientos) para encontrar en ellos alguna explicación. Se acuerda de aquel mito antiguo en el que un personaje, ante la muerte de su amado, era invadido por una rabia tremenda, y se siente algo más comprendida.

Sale de casa en silencio, armada con el bate. Descarga su ira con árboles, vallas y algún otro coche que tuvo la mala suerte de aparcar a su alcance. La descarga de violencia le ayuda a calmarse, odia conocerse así de bien. Por fin llega a los alrededores de la iglesia, aún en shock, y se acerca al refugio improvisado en el que vivía Bruce. Se hace un ovillo entre las mantas destartaladas que todavía huelen a él. Solo allí consigue dormirse.

En sus sueños, la versión que le dio Bruce es cierta. Se lo imagina cogiendo el tren y yendo a buscar a su familia. Pasando tiempo con sus nietos. Mae no cree en dios, pero una parte de ella espera que haya podido llegar a un lugar parecido.

Acciones para el recuerdo

Un portal abierto es un mundo de posibilidades, reflexiona Mae mientras se dirige a la azotea del edificio. Los cables del tendido que cuelgan de ella significan potencial, y se le ilumina la cara cuando empieza a descender por ellos. Su exploración se ve recompensada con un local al que no ha entrado nunca, en todo el tiempo que lleva viviendo en Possum Springs. Parece abandonado, como si no se hubiera usado en años. Lo siguiente que oye es la música. Una mujer improvisa melodías con el saxo ante la improvisada audiencia de un coro de palomas que la rodean. Mae se sienta en el suelo y se une a ellas. Cierra los ojos y se deja llevar.

Pocas cosas relajan más a Mae que contemplar las vistas desde un tejado alto. Si bien a ras de suelo no termina de reconocer Possum Springs a veces, cuando lo contempla desde las alturas la cosa cambia y la extrañeza se desvanece. Es así como conoce al violinista. Cuando se acerca al tejado en el que toca el músico, decide agradecerle por ello. Pero en el momento lo que le sale además es hablarle de la saxofonista, en busca de una serendipia que cree imposible y propia de una película. Baja a tierra con la sensación de haber hablado de más y metido la pata con el tema, y se va sin darle más vueltas.

No se imagina cuando prueba suerte al día siguiente con la puerta del edificio (¡sigue abierta!) que en lugar de a la saxofonista se va a encontrar un dueto. Ambos músicos sincronizan sus esfuerzos para ofrecer al mundo (o al menos al interesado coro de palomas) una pieza aún más bella, si cabe. Mae garabatea lo que está viendo en su diario entre lágrimas de emoción. No termina de creerse lo que ocurre, pero le invade una calidez que pocas veces ha sentido antes. Sabe que están tocando juntos gracias a sus palabras y, por primera vez en mucho tiempo, no piensa que lo que haya dicho esté fuera de lugar. Se siente parte de ese momento tan íntimo y tan único. Se siente con fuerzas para hacer del mundo que le rodea un sitio mejor.


Estos han sido los relatos. El juego está hecho de forma que podría haber escogido muchos otros momentos. Ojalá estas escenas os permitan construir, a partir de sus detalles, cómo me sentí jugando.

Por último, quiero recordar que he jugado a Night in the Woods gracias al Club de Comentación Videojueguil de @kis en Mastodon. ¡Muchas gracias por organizarlo!. Se está comentando el juego con el hashtag #CCVNWoods.