Ya no es lo mismo, pero puede ser mejor (sobre la nostalgia y el disfrute)
El otro día terminé un juego que se llama Old Skies. La historia de esta aventura gráfica se ambienta en un futuro sorprendentemente cercano, en el que la tecnología ha avanzado tanto que ha hecho posible el viaje en el tiempo. Sin embargo, por circunstancias, no es algo accesible para toda la población, sino que las incursiones al pasado las realiza una agencia a cambio de un alto coste económico. Podría hablar durante un buen rato de las implicaciones socioeconómicas que derivan de esta situación, pero quiero centrarme en otro aspecto: las personas que trabajan en esa agencia. Debido a que se viaja con frecuencia en el tiempo, es muy común que las líneas temporales se vean alteradas. Para la mayoría de gente esto no es perceptible, pero quienes trabajan en ella son conscientes de estos cambios, si bien no los experimentan (ya que estas personas están bloqueadas en el continuo temporal). De nuevo, podría hablar mucho sobre las implicaciones de todo esto, y lo haré, ya que mi intención es reseñar el juego, pero quiero detenerme en un detalle. Estos personajes ven cambiar las cosas por momentos. Tanto en lo referido a eventos políticos, económicos y sociales como en el ocio y la cultura. Las películas, los libros y las series que les gustaban cambian todo el tiempo, cuando no desaparecen directamente. Esto hace que convertirte en agente temporal implique una renuncia. Ya no vas a poder disfrutar las cosas como antes, porque nada te garantiza que sigan existiendo. Solo queda lo que experimentaste antes de empezar con esta forma de vida.
Esta pérdida que viven quienes protagonizan Old Skies me ha hecho pensar en un formato de opiniones que cada vez veo más online (en vídeos de YouTube, hilos de Reddit, post en redes, etc.): acerca de por qué parece que cada vez es más difícil disfrutar de las cosas. O, al menos, disfrutar de ellas como se hacía en la infancia. Y, si bien puedo entender de dónde vienen esta frustración, lo cierto es que no termino de compartirla.
Este post de Karim en BlueSky ha reforzado mi extrañeza, y ha sido lo que me ha llevado a escribir lo que lees ahora. He visto esta idea alrededor de muchos medios, pero aquí se aplica a los videojuegos (uno muy adecuado, por otro lado, para ello, ya que mucha gente accede a él por primera vez en su infancia). Como bien apunta Karim a veces se habla de este tema desde la proyección. El "me cuesta más disfrutar de las cosas" muchas veces se convierte en "por qué ya no puedes disfrutar de las cosas". Entiendo la segunda persona y la intención de compartir el problema. Y a la vez no puedo estar más lejos si pienso en mi experiencia personal.
Desde siempre he vivido las cosas muy intensamente. Incluso en esas etapas post adolescentes en las que intentaba disfrazarlo de cinismo, el entusiasmo permeaba por las rendijas. Cuando algo me gusta de verdad, puede llegar a ocupar la mayoría de mis pensamientos, y me brillan los ojos al hablar de ello. Para mí siempre ha sido así, no es algo que tenga asociado a una etapa vital en concreto. Lo que ha cambiado es lo que me hace sentir así. Mis hobbies fluctúan en cuanto a la importancia que les doy. Hay cosas que me han gustado desde siempre, pero el tiempo que les he dedicado ha variado bastante a lo largo de los años. Cuando más series he visto he jugado menos a videojuegos, y al revés. Y, adorando la lectura, he hablado más de una vez de mi bloqueo lector.
Esto tiene sentido, ya que no se puede hacer todo. No hay tiempo material para ello. Y, como voy a hablar en el siguiente apartado, la cultura de la inmediatez y del contenido no han hecho ningún favor ese respecto
No eres tú, es... todo lo demás
Puede sonar hipócrita que esté escribiendo esto cuando la semana pasada me encantó ver un vídeo que trataba tangencialmente sobre este tema (aplicado al cine en lugar de a los videojuegos). Pero es me pareció que el vídeo Why the movies will never feel the same again, de Thomas Flight daba con muchas de las claves de por qué tantas personas se sienten de esa forma, así como de por qué ciertas experiencias son diferentes ahora que hace algunos años. Recomiendo su visionado, es un videoensayo magnífico que se apoya en la teoría de la comunicación para explicar que los cambios en cómo percibimos los medios pueden deberse a cómo estos se interrelacionan entre sí. Un ejemplo que me gustó especialmente hablar de por qué ha cambiado nuestra percepción sobre ir al cine: hace unas cuantas décadas ir al cine implicaba la experiencia audiovisual por excelencia, en lo técnico y en lo sensorial. Ahora nos rodean en todo momento muchos más estímulos visuales. Esto no quiere decir que ir al cine ahora sea peor, sino que es diferente. De hecho, ahora entrar a una sala a oscuras y dedicarle nuestra capacidad de atención a un largometraje de dos horas se interpreta como una desconexión del ruido que nos rodea.
Esto no significa que el cine fuera mejor antes o que sea mejor ahora. Ver una película en una sala de cine sigue siendo la misma experiencia, pero todo lo que la rodea ha cambiado. Cómo la percibimos ha cambiado. Nuestras rutinas han cambiado. Nosotres hemos cambiado. Sin embargo, nuestro gozo o disfrute puede permanecer.
La lente distorsionada de la nostalgia
Tendemos a idealizar el pasado. La memoria es selectiva y, muchas veces, nos quedamos con lo bueno. Incluso en malas épocas recordamos cómo ciertas cosas nos ayudaron a refugiarnos. Esto no tiene nada de malo y diría que, dentro de que hay grados, poca gente está libre de ello.
Otro lugar común es pensar que la infancia es el lugar feliz por excelencia. De nuevo, hay excepciones y no creo que sea algo universal ni que se aplique a todo el mundo: hay infancias felices y otras muy duras. Pero no es raro fantasear con una regresión al pasado, sobre todo con lo asfixiantes que son las rutinas de la vida adulta en general y en particular en el tardocapitalismo del que tenemos la desgracia de formar parte. Sí, ese mismo sistema que se ha ocupado de capitalizar este batiburrillo de sensaciones, y de convertirlas en algo explotable económicamente.
Por todo esto, parece que la infancia (así como los intentos por regresar a ella) ha monopolizado el disfrute. Que todo lo que nos queda una vez pasada cierta edad son espejos distorsionados en los que buscar, una y otra vez, las mismas sensaciones que sentíamos cuando nuestro cerebro estaba en formación. Y sí, a veces conectar con quien fuimos hace años puede ayudarnos. Pero no es justo que exista la ilusión de que la única forma de volver a sentir pasión por lo que nos gusta sea a través de la lente de la nostalgia. Merecemos más. Y hay vida más allá.
Puedes volver a disfrutar de las cosas
Como dice el título de este apartado, claro que se puede volver a experimentar ese gozo que asociamos a años atrás. Pero hay que tener claras algunas cosas.
Lo primero es entender el contexto en el que vivimos ahora. Como con el ejemplo del cine: todo a nuestro alrededor ha cambiado, y las cosas que hacemos ya no tienen por qué significar lo mismo. Lo segundo, y más importante aún, es entender la persona que eres ahora. Ambas se cruzan en un punto: ser consciente. En un mundo gobernado por algoritmos y en el que todo parece ir en piloto automático, veo más importante que nunca que elijamos qué queremos hacer y entendamos por qué. Que seamos capaces de parar un momento a pensar en nuestros gustos, en cómo lo que conocimos en nuestra infancia y adolescencia nos ayudó a definirnos como personas, pero también en cómo lo que nos mueve ahora no tiene por qué ser lo mismo. La gente madura, evoluciona, expande y amplía. Y a veces la nostalgia nos guía un poco, pero muchas otras nos encorseta y dificulta este crecimiento.
Así que te animo a ello: piensa en qué te hacía feliz en distintas épocas de tu vida. A continuación, plantéate también qué te haría feliz ahora. Puede que coincidan mucho, un poco o nada, y no hay problema con ninguna de esas opciones. La idea es que elijas a qué te apetece dedicar tu tiempo. En qué te apetece pensar. Con qué te quieres obsesionar. No hay nada de malo en que sean opciones muy populares, pero te recomiendo encarecidamente que no te quedes solo en ellas. Que profundices. Que definas tus gustos más allá de lo que se viraliza. Que amplíes tus preferencias más allá de lo que te gustaba hace unos años. De esta forma, al experimentar y explorar de nuevo, es muy probable que vuelvas a sentir aquello que echabas de menos.